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Thursday, January 7

isadora

Negar es doloroso. Ser negado también. Ese “ir y venir”, lastima.
Pero llegado ese caso no se puede evitar, uno se encuentra entre la espada y la pared, y debe negar,
tiene que negar, por lo que es y por lo que quiere. Necesita tomar esa postura, necesita cerrar los ojos, abrirlos, mirar fijamente y correr la cabeza a un lado; el cuerpo se lo pide y la mente se lo ordena. Uno constantemente se encuentra ante ese proceso de descarte, es, hasta tristemente mecánico. Tanto se absorbe, se palpa e incorpora que se logra manejar, anestesiar el dolor que produce, pero desde lo mas profundo de mi alma afirmo;negar la sangre siempre duele más.
Tanto duele que es lo que uno mejor esconde. Lo más difícil que una persona puede hacer y sin embargo tan disimulada a los ojos de los demás. No hay como la mezcla de angustia, de odio, de bronca, de indignación. No existe en el mundo tarea más lastimosa que destronar de tu esquema a ese par, ese que tiene la misma sangre que vos en sus venas; quien tiene las mismas marcas de crianza. Ese ser que se origino en el mismo vientre; que probablemente tenga algo biológico similar, suyo, tuyo; de los dos.El vínculo más puro, más inocente, el que no se busca: se tiene. Te lo da la vida: te lo regala. Por eso duele; porque negar implica un desvío de mirada y unos ojos que no la buscan. Y es probable, que esos ojos tengan algo tuyo, suyo, de los dos...